Todo estaba frío, me helaba. Cada rincón de esa maldita habitación me hacía estremecer. Cada diminuta porción de esa maldita habitación me recordaba a ti, a cuanto te quería.
Me senté encima de la cama, esa cama blanda y vieja, esa cama que tanto ruído hacia a cada pequeño movimiento, y me bebí mi café. El quinto esa noche. No quería dormir, no me apetecía dar rienda suelta a mi imaginación, no quería que mi subconsciente me dijera a mí misma lo que llevo horas intentando negar y olvidar, lo que llevaba siglos gritando, suspirando, diciendo, cantando y susurrando: Te quiero.
Otro café, esta vez sin azúcar, pero con vodka. Era el único alcohol que tenía lugar en esa vieja casa, así que lo cogí y me serví. Vodka, siempre vodka. Siempre bebíamos vodka, siempre me despertaba por la mañana con ese maravilloso vaso de zumo de naranja con vodka. Heché un trago de la taza, sabía a vodka, solo a vodka. Eso me hizo recordar ese día que casi te tiré la botella entera encima, te acuerdas? Que torpe soy…
Me volví a sentar en la cama e intenté acabarme el café. Sin siquiera darme cuenta, fijé la vista en ese papel colgado en una de las paredes amarillentas: era un cuento, me lo escribiste tú, estaba en inglés, en tu propio inglés. Me lo escribiste cuando me querías, cuando no te olvidabas de mi solo en ver una niñita mover su minifalda.
Me fuy de la cama, y me senté en el suelo –allí al menos no tenía la tentación de dormir-. Sentada en el frío mármol, me acordé de un par de noches que pasamos allí, cuando empezamos,… mis propios recuerdos me la jugaban, así que salí al balcón, hacía frío, y me fumé el último cigarillo de uno de los paquetes de esa marca cara que compramos en Dublín.
Me senté encima de la cama, esa cama blanda y vieja, esa cama que tanto ruído hacia a cada pequeño movimiento, y me bebí mi café. El quinto esa noche. No quería dormir, no me apetecía dar rienda suelta a mi imaginación, no quería que mi subconsciente me dijera a mí misma lo que llevo horas intentando negar y olvidar, lo que llevaba siglos gritando, suspirando, diciendo, cantando y susurrando: Te quiero.
Otro café, esta vez sin azúcar, pero con vodka. Era el único alcohol que tenía lugar en esa vieja casa, así que lo cogí y me serví. Vodka, siempre vodka. Siempre bebíamos vodka, siempre me despertaba por la mañana con ese maravilloso vaso de zumo de naranja con vodka. Heché un trago de la taza, sabía a vodka, solo a vodka. Eso me hizo recordar ese día que casi te tiré la botella entera encima, te acuerdas? Que torpe soy…
Me volví a sentar en la cama e intenté acabarme el café. Sin siquiera darme cuenta, fijé la vista en ese papel colgado en una de las paredes amarillentas: era un cuento, me lo escribiste tú, estaba en inglés, en tu propio inglés. Me lo escribiste cuando me querías, cuando no te olvidabas de mi solo en ver una niñita mover su minifalda.
Me fuy de la cama, y me senté en el suelo –allí al menos no tenía la tentación de dormir-. Sentada en el frío mármol, me acordé de un par de noches que pasamos allí, cuando empezamos,… mis propios recuerdos me la jugaban, así que salí al balcón, hacía frío, y me fumé el último cigarillo de uno de los paquetes de esa marca cara que compramos en Dublín.

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