Milette estaba sentada en el sofá, cruzada de piernas, tapándose con esa de Snoopy que había robado en el mercadillo. Tenía la vista fija en la manta botella de vodka barato que, de tan malo, no podía tragarse ni en el estado de semi-embriaguez que llevaba encima des de la noche anterior. Milette era una chica difícil de entender y fácil de llevar a la cama. Mentía, fingía, engañaba, enamoraba y ni siquiera se daba cuenta; estaba ya acostumbrada a echar sin remordimientos a hombres sin cara ni nombre de su cama por las mañanas. Pero esta vez, había sido distinto.
Se había despertado tarde, sola, desnuda, desorientada y con resaca, como siempre; pero lo que no fue como siempre es lo que vió después: se levantó de la cama, encendió el reproductor de cd’s que había en su habitación, subió la música, la subió más, más,… y cuando oyó unos golpes de escoba en la pared paró, salió de la habitación y justo al salir se encontró con un chico que aparentaba tener un par de años más que ella, vestido sólo con unos tejanos gastados, sujetando un par de tazas humeantes que desprendían un olor maravilloso. La primera reacción de Milette fue la de taparse con las sabanas, que estaban tiradas por el suelo, y la segunda, fue hacer unos pasos atrás y apuntarle amenazante con un bote de desodorante que cogió del tocador. Al verla decidida a usarlo sin pensárselo, el chico levantó los brazos, en son de paz, aún con las tazas en la mano. Milette bajó el desodorante, sin dejar de taparse con esas sábanas de un color rojo transparente que no dejaba mucho a la imaginación. Él sonrió y acercó una de las tazas a Milette, que la tomó avergonzada. Ella se sentó en la cama y se bebió el café en un segundo, él en cambio, se quedó en el mismo sitio, observando como ella se lo bebía, agradecida y asustada a la vez. Cuando se acabó el café, dejó la taza vacía en la mesita de noche, miró al chico y le preguntó tranquila: -¿Quién eres?
-Paul Magten, te llevé a casa ayer por la noche, más o menos cuando empezaste a contarle al chico que trabaja en la taquilla del cine gay cuanto te ponen los cruasanes de chocolate de la tienda de aquí al lado; ¡por cierto!, te he comprado unos cuantos de esos cruasanes.-dijo él, con una amplia sonrisa dibujada en la cara.
Ella necesitó unos segundos aún para asimilar toda esa información y decidir que tenía que, definitivamente, dejar la bebida –y también los cruasanes-.

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